sábado, 16 de agosto de 2008

¡Decime que eso no es de ella!

El martes pasado invité a mi pareja a que viniera a cenar unas pizzas a casa. Después de un duro día llegué a mi cálido hogar. Eran las 21.30 y tenía media hora para arreglar todo antes que viniera. Estaba demasiado cansada, lo que no me motivaba a producirme para un hombre que me había visto en peores situaciones.

A las 22, suena puntual el timbre de mi casa. Atiendo por el portero, su grito me advierte “abrí rápido que ya empieza”. Mientras buscaba mis llaves pensé: “me ca#o en el fútbol, siempre arruinando mis noches”. Abro la puerta y me pongo en pose para recibir un beso, al cual lo cambia por un leve roce de labios y un empujón para correrme del camino. En ese preciso momento me prometí no volverme a depilar por él (¡si me trata así, que se la banque!)

Se sentó en la mesa y mientras se sacaba la campera prendió la tale. Acto seguido, tomó el control y comenzó con su feroz zapping hasta encontrar el canal. Para mi sorpresa, eso que tanto lo desesperaba era, ni más ni menos que, “Showmatch” (programa conducido por Marcelo Tinelli).

Al principio, me alegró saber que mi hombre se interesaba por eventos culturales tales como la danza. Pero mi alegría comenzó a pudrirse cuando aparecieron en escena las bailarinas del “certamen” (ésta palabra y “performance” no las quiero volver a oír).

Ni bien comenzó el programa, las minas en pelotas aparecían por todos lados. Mientras rezaba pidiendo ver celulitis entre tantos culos, al idota de mi novio se le ocurrió explicarme de que trataba el programa, evitando así, que yo descubra su estado de excitación (tarde, por cierto). En ese momento, me di cuenta que debía aplicar una estrategia. Era algo simple y puesto en práctica por todas las mujeres del mundo: tirar abajo lo que nos causa envidia. ¿Cómo? Aplicando algunas de las siguientes frases:

“esa chica, en realidad debe ser gorda porque la televisión engorda 5 Kg.” (¿a quién engaño? yo en la tele parecería la tota Santillán)

“¡esas tetas no son de ella!”(¡yo quiero las mismas!)

“si, tiene buen cuerpo. Pero de cara es horrible”(por lo menos en algo salió favorecida)

“A las colas las pintan con blem para ocultar la celulitis” (recordar comprarme para este verano 48 bidones de blem)

“¡que maravillas hace el maquillaje!” (a mi sola se me ocurre recibir a mi pareja en medias y hojotas)

“Bailando es de madera” (y yo de acero quirúrgico)

“es muy tonta, dos palabras y la queres matar” (como si él la quisiera para hablar)

“… y las luces del estudio te re-mejoran el cuerpo, es como el photoshop” (¿se podrán poner de esas luces en mi casa y en la playa?)

Así seguí por horas. Pero fue inútil, él no me escuchaba.

Empezó la tanda. Me miró y me dijo: “che gorda, ¿qué hay para comer?”. Con esa frase, se oficializó la muerte de mi ego. Lo miré y le dije en un tono de voz un tanto alterado: “me parece horrible que muestren a mujeres como esas con tan poca ropa, porque no solo dejan a la vista los misterios físicos con los que cuenta una mujer, sino que sus misterios son muchos mejores que los míos.

Además, el hombre se hace la idea que todas somos así y ni bien comprueba lo opuesto nos dejan por otra”. Él, como si nada, se empezó a reír (¡que bueno! No solo soy gorda y fea, sino que también chistosa). Después, mirándome con sus ojos tiernos me dice: “pero tontita, a mi me gustas así, sino ya te hubiera cambiado por otra”. ¡Bárbaro! No solamente pienso que soy gorda y fea, sino que está confirmado. Digo yo ¿por qué a mi me toco conseguir este cuerpo en el día liquidación?

miércoles, 30 de julio de 2008

Cosmopolitan: “la Biblia y el … punto G”

El viernes pasado me di cuenta que era necesario podarme la ligustrina que tengo en mi cabeza. Me aseguré de pactar una cita entre mi pelo y el geronte "manos de tijera". Fallé. Cuatro “minas” adelante mío: dos viejas para arreglarse la permanente, una quinceañera para hacerse la planchita y una señora de las cuatro décadas para hacer desaparecer… ¡cinco canas! Entro a la peluquería, saludo al peluquero y en un suspiro le digo: “¿para cuánto tengo, papi?”. Me mira, sonríe y me contesta “media horita, esperame acá que enseguida estoy con vos”.

Descompuesta por el olor a spray, me senté en una silla rosa que estaba junto al revistero. Cuando me cansé de mirar la nada y escuchar a Chayane (cóctel mortal) me decidí a tomar una revista. Bajé la mirada y mi mano ya había agarrado la Cosmopolitan. Me sentí atrapada por ella. Mi parte femenina se había adueñado de mi cuerpo. Lo único que quería era… leer el horóscopo.

Luego de ojear mi signo, pude controlar mis feromonas y empecé a analizar la revista y compararla con las otras Cosmos que allí había.

Si hay algo que las caracteriza son sus consejos. Te dicen, desde cómo conquistar al hombre de tus sueños hasta cómo no matar a tu pareja en la convivencia. La mayoría de las lecciones consisten en como hacer que tu "media naranja" este siempre contento con vos y no se quiera ir de pu…

Lo que nunca falta en la Cosmopolitan son los cuestionarios para descubrir como sos en los distintos aspectos de la vida. Si hay algo que nos encanta a las mujeres, es reunirnos y hacernos el test - no precisamente el de embarazo-. Podemos estar horas eligiendo la respuesta que nos resulte la más adecuada para enfrentar un problema. Este cuestionario saca lo peor de una mujer:

· Envidia, si es que a la otra le tocó algo mejor que lo tuyo.
· Mentira, elegís la opción que sabés que te va a dar mayor satisfacción en la devolución.
· Egocentrismo, cualquier cualidad buena, aunque sepas que no te pertenece, te enorgullece.
· Odio, cuando una “amiga”, mientras lee tu devolución, en las cosas buenas agrega un “ay, nada que ver” y en la malas “sisisi, es verdad” (amigas en las buenas y en las malas).

La primera vez que vi la Revista, me asuste muchísimo cuando publicaron la foto de un Ken (traducción para el hombre: Barbie macho). Se trataba del “hombre cosmo”. En cada edición, éste ser muta y se transforma en otro tipo de homo. Siempre hay anexado, a la foto, un cuadro con sus datos personales y sus hobbys. Si una lee ese recuadro, la única conclusión a la que puede llegar es que Ken (además de mentiroso) es un pote de dulce de luche con abdominales (2 cucharadas y te empalaga).


Otras secciones típicas de la revista:

· Dietas: anti miles de cosas que una no sabía que tenía hasta que lee la revista
· Gym: que es imposible seguir porque la explicación que te dan es inentendible y las fotos no son de gran ayuda
· Maquillaje: si te resultaba imposible seguir los pasos de la gimnasia, olvidate del maquillaje.
· Artesanías: si no entendiste ni la gimnasia, ni el maquillaje no esperes entender las artesanías (y mucho menos a que te queden igual que en la foto)
· “Tips de moda”: te dan recomendaciones a partir de cómo se visten los famosos (aunque haya unos billetes de diferencia con nuestro bolsillo).
· “Lo in y lo out”: cuando la revista muestra lo que es estar bien vestida, te das cuenta que tu gustos sobre moda son como juntar a Ricky Maravilla, Alejandra Pradón y Mariano Grondona.
· Películas: por lo general te recomiendan películas pochocleras, cholulas y/o feministas (que seamos mujeres no significa que no veamos buen cine).
· Libros: Las rimas de Belén Francese es lo más cercano a un Borges que te pueden recomendar.
· Kamasutra: te tratan como si fueras la mujer elástica. Imagínate los dibujos, el hombre acostado como si mirara la tele y la mujer practicando una especie de yoga sobre él. También te recomiendan las distintas sustancias que pueden intervenir en un acto sexual (agua, helado, barro, etc) y cuales son las superficies recomendadas para llevarse a cabo. ¡OJO!, la Cosmopolitan no se olvida de ayudarte a encontrar tu punto G.

No hay revista de mujer que no cuente con horóscopo. En ocasiones, leo estas “predicciones” imaginando al que los escribe y se me representa un tipo que en su juventud fue hippie y lo único que conserva de aquellos años es tierra detrás de las orejas. Un hombre que dejó de creer en el amor cuando su mujer se adhirió al club de fan de Abba y que encima es un periodista fracasado. Lo peor de todo es que igual les creo. Pero si su respuesta no es lo que espero, pienso que esas boludeses no me interesan, sin embargo, me surge la pregunta ¿Por qué a mí?.

Ahora me doy cuenta que mi vida no tenía rumbo. ¡Gracias Cosmopolitan, pude aprender a combinar mi cartera con los zapatos. Benditas las que te compran, porque de ellas será el mundo de la belleza. Benditas las que combinan los colores, porque ellas serán glam. Benditas las que encuentran su punto G, porque obtendrán el placer del amor!

sábado, 5 de julio de 2008

Mozo, dos cafés


Habíamos decidido encontrarnos en el café donde el suele pasar sus tardes. Pensé en llegar unos quince minutos antes de lo planeado, cosa que sea yo quien elija la mesa. Tengo una insoportable preferencia por las que están al lado de la ventana, me siento incómoda lejos de la vista de la calle (son de esas manías que todos tenemos, y que en el otro nos resultan ridículas).

Elegí mi mesa, coloque mi saco en el respaldo y me senté. Mientras mi mirada, como siempre, recorría el lugar analizando a cada uno de sus personajes (e inventando sus posibles historias), la frase “¿Qué va tomar?” me devolvió a la realidad. Lo miré y le dije que estaba esperando a alguien, y que “en un ratito te digo”. Me miro, hizo una mueca de, supuesta simpatía y se volvió hacia la barra del café. En ese momento me di cuenta de la importancia que tiene para mucha gente (grupo en que me incluyo), la atención que reciben.

Un rasgo típico del mozo es como su estado de ánimo afecta al del cliente. Es como si fuera un chofer, es decir, el propone a donde ir, el ritmo, o si es un día como para viajar. ¿A dónde quiero llegar con éste ejemplo tan p#lotudo? La verdad, no tengo ni la menor idea, por eso retomo desde antes de utilizar el ejemplo del chofer.

Si un mozo no está con ganas de charlar con vos, no te ilusiones pensando que siendo simpático con él, su estado de ánimo va a cambiar. Es más, cuando uno se esfuerza mucho en darle charla, se termina malhumorando, ya que el tipo te “corta el mambo” de la peor forma que en ese momento le surja, con un “ya le marcho” o “va a pagar con cambio, si se toma nada más que un café”.

Uno no respeta a los mozos porque “anda a saber desde que hora está trabajando”, porque mira si “todavía, al vago ese se le ocurre escupirme el café”. Si el mundo se relaciona con un mito, es precisamente el del escupitajo en la comida (mito que aún hoy no he podido develar). Varias veces he dudado en pedirle al mesero que caliente la comida un poco más, por miedo a que mi pedido, además de ser calentado, venga con un agregado de pollo (y no estoy hablando de granja).

Al tipo de mozo que, en lo particular, odio es al despistado. Tarda entre 15 y 30 minutos en atenderte (ni te digo lo que tarda en traerte el menú con los precios). Si le pedís condimentos, o alguna otra cosa para acompañar la comida, te lo trae cuando tenés pensado pedirle el postre. Para pedirle la cuenta, haces miles de malabares para que te vea (mientras el de la mesa de al lado, piensa que le querés copar la mesa y te pega un bife -hablando de gastronomía-) y, una vez pagada, tardan el doble en traerte el vuelto.

Si hay algo que me molesta cuando salgo a tomar un café o a comer, es pedir la cuenta. No hay una forma establecida. Cada persona tiene su forma, ya sea mediante gestos, frases o palabras aisladas. Algunos chistan al mesero y en cuanto este voltea le dicen “la cuenta”. Otros utilizan el “¿me cerrás?” (¿El que?, no me asustes que yo no abrí nada).

Muchas de aquellas personas que se encuentran lejos del mesero, suelen pedir la cuenta gritando, olvidándose que no son los únicos en el lugar. Mientras otros, prefieren utilizar el lenguaje de las señas, como si uno tomara un lápiz invisible e hiciera el típico gesto de las propagandas del yogurt Ser (la b#ludes de dibujar en el aire un 0), con la diferencia que no está vestido de verde (reflexión: el color de moda es el violeta, eso quiere decir que el mundo fashion no acepta a la gente constipada).

En fin, mozos son esos trabajadores que tienen el dominio sobre el otro. Su simpatía depende de cómo se levanten, qué les pasó antes que nos atendieran y cómo les hayamos caído. Son un grupo bastante heterogéneo, lo que imposibilita el poder clasificarlos en edades ó estilos. Pero si hay algo que debo rescatar de algunos meseros, es el poder de equilibrio, en un “viaje” te pueden retirar todo lo que hay sobre una mesa.

sábado, 14 de junio de 2008

Señor Tachero

“Dime de que trabajas y te diré como eres”. Sí, ya se que la frase no es así, pero su forma original no me sirve. Sí hay una característica que nos une como sociedad es la estereotipación. Los individuos solemos encasillar a las personas según diferentes propiedades, una de ellas es la profesión. Nos resulta muy fácil clasificar al otro, pero jamás admitiremos que nosotros, también, somos encasillados. Como mucho, nos escudaremos bajo el rotulo de “originales” (buscamos ser el broche de plástico en un tender con broches de madera).

Hoy en día, quienes más sufren de estereotipación son los taxistas. Pero en este artículo voy a dejar de lado, el hecho que el humor está directamente relacionado con la velocidad a la que manejan. Solo voy a explicar su más acentuado “encasillamiento” que se encuentra en el área comunicativa. Es decir, al taxista se lo suele distinguir por el exceso o por la falta de dialogo (“los extremos nunca son buenos”, ejemplo: una medialuna, no se porqué, pero a la mayoría de las personas no les gustan las puntas).

Como la clasificación de los tacheros se podrían incluir dentro del área comunicativa, no estaría mal comparar a estos trabajadores con un diario…

Lectores: ¿con un diario?
Yo: Sí, ¿tenés algún problema?
Lectores: no, jamás sería capaz de poner en tela de juicio las maravillosas ideas que emergen de tu mente.
Yo: ¡mejor así! … prosigo.

Los tacheros son como un diario (¿alguna duda?), ya que los mismos se suelen dividir en secciones:

- Clima: si bien en el diario solo ocupa la media carilla de la última hoja, resulta indispensable para toda comunicación. Es un tema muy recurrente en conversaciones con desconocidos, poco conocidos, o con gente con la que no compartís ningún gusto, idea o criterio.

-Deportes: solamente se da si el tachero está escuchando un partido por la radio, o si distingue el equipo que adorna tu indumentaria deportiva.

-Policiales: suelen comenzar con la frase “que barbaridad…”, acto seguido te comienzan a bombardear con datos trágicos y catastróficos, generando en vos un pensamiento de “nos van a matar a todos”.

-Salud: es la continuación del clima. Ni bien uno, termina de hablar del estado meteorológico, los virus y las bacterias salen a combatir contra los silencios incómodos.

-Economía: era utilizado a menudo, cuando los tomates estaban a $15. Ahora, gracias a las retenciones y a la lucha “Gobierno versus Campo”, seguimos teniendo temas de conversación (nota al margen: me acabo de imaginar una lucha tipo “titanes en el ring”, pero los personajes son representados por los mayores exponentes de este conflicto, léase Cristina y De Angelis).

-Política: íntimamente relacionada con la anterior. Está en pleno esplendor.

- La zona: suelen incluir, la juventud, los conductores que andan sueltos, la ineficacia policial, los baches, la educación.

-Espectáculos: es comparable con el programa de Jorge Rial. Es decir, te resume en un viaje todos los problemas que tienen las personas “famosas” (debo admitir que esa palabra está mal usada, ya que incluyo los géneros de “gatos”, participantes de un reality show, bailarines, gatos que bailan con bailarines y Guido Suller).

Es increíble que, aunque la suerte nos cruza con tacheros callados, nosotros les damos charla. Disculpen, pero… ¿estamos todos locos?

sábado, 24 de mayo de 2008

El Celular

“Todo lo que sube tiene que bajar
Y todo el mundo se sube al celular
Suene y no se calla
Te hipnotiza la pantalla
Se te atornilla a la oreja
Y ya no lo podes parar”

Mientras más elementos inútiles tenga el celular, más nos atrae. No importa que uno tenga dedos de chorizo y resulte imposible marcar un solo número por vez, siempre buscamos tener un móvil cada vez más chico. Hace no mucho tiempo, cuando uno salía llevaba plata y llaves. Ahora, no importa que te vayas a la esquina a comprar 100 grs. de mortadela, al celular lo llevás. Dios me libre si estas fuera de tu casa 2 días, ya que se te agrega un segundo elemento: el cargador.

“La señal”, es el problema que todos compartimos. En la sociedad de hoy, la gente vive pendiente de dos cosas: la señal del lugar donde se encuentra, y los problemas que Nazarena Velez tenga. Cuando uno se encuentra en un lugar que tiene poca recepción, suele moverse de un lado al otro, adquiriendo formas abstractas con su cuerpo. ¿Por qué? Simplemente, por la desesperación a estar incomunicado.

El mensaje de texto es el nuevo fenómeno de la sociedad. Resultan prácticos si mandas información precisa. Lo malo es que, a veces, esa información precisa es cortar con tu pareja. Lo que caracteriza a los mensajes es su forma de escritura, ya que se asemeja al rubro 41 de los clasificados. Esta forma de escribir, por lo general, provoca que se malinterprete lo que se quiso decir.


El celular permite tres formas de abono: con tarjeta, electrónico, o de forma mensual. El primero y el segundo coinciden en dos problemáticas: (1) quedarte sin crédito cuando realmente lo necesitas; (2) en la desesperación por comunicarte, no tener un lugar para cargar el saldo. En el caso del abono mensual, nunca te quedás sin saldo, pero te falta el aire cuando recibís la cuenta (y ni te digo si viene adjuntado el detalle). Y lo que es peor aún, no podés mentir que no contestas porque no tenés crédito.


Traen miles de elementos para nuestros momentos de ocio. Tenés juegos que nunca llegas a entender del todo. Muchos celulares vienen con cámara de fotos. Esta, resulta de suma utilidad en esos momentos que siempre se recordaran. Por ejemplo, el strip tease de un amigo borracho. La consecuencia del celular con cámara, es si uno es ese amigo “en pedo”.

Ahora los celulares, también vienen con mp3 incluido. Y como me dijo Lucas en un comentario (con el cual coincido): “Los nuevos teléfonos celulares tienen la característica de que pueden hacer sonar música en el altavoz. Y la gente, como se cag# en el prójimo, pone a muy alto volumen cumbia. Y yo no quiero escuchar cumbia a las 9 de la mañana, realmente no. Tampoco, a las 5 de la tarde, pero menos a las 9 de la mañana. Para colmo, la calidad del parlantito es muy mala. La gente parece haber perdido la sensibilidad sonora, y aunque se escuche mal, ponen el volumen al máximo.

El celular es un aparato que debe ser manejado a nuestro interés. Nunca debemos dejarnos manipular por las nuevas tecnologías que se asoman, porque podríamos quedar como Karina Jelinek y Belén Franchese juntas.

sábado, 3 de mayo de 2008

¿Viajaste en Colectivo? ¡Para atrás señora!

Todo comienza con la espera. Muchos tienen el don de llegar a la parada al mismo tiempo que el colectivo. Otros deben aguardar hasta treinta minutos (o más) la llegada del “bondi” o, directamente, llegan cuando el colectivo se esta yendo. Decime, no te agarraron miles de veces ganas de “putear” al colectivero cuando viste que el 32 arrancaba y no alcanzaste a “colgarte” de la manija. Muchos deciden caminar hasta la próxima parada para “ganar tiempo” y media cuadra antes de llegar el colectivo vuelve a pasarte de largo.

Una vez arriba, la mala suerte nos acompaña. A la hora de abonar el pasaje, nos damos cuenta que la tarjeta está escondida en algún bolsillo, pero ¿en cuál? Luego de una rápida búsqueda, la encontras (en el lugar más obvio que se te ocurra), y la metes en la “máquina de boletos”. Ahora, todo está en manos del destino. Rezas para que el trámite termine, pero un sonido agudo interrumpe tu súplica.

La palabra “ERROR” aparece en color rojo y de forma alarmante. El chofer te mira, toma la tarjeta, la frota en su pantalón y la vuelve a introducir en la máquina. No hubo cambio. En ese momento pensas en dos cosas: no cargaste la tarjeta o la guardaste junto a objetos que la rayaron (por ej. las llaves del departamento de tus suegros porque salieron corriendo y en “bolas” cuando escuchaban que frenaba el ascensor”. De todas formas, comenzas a buscar desesperadamente a una persona que te preste su tarjeta. Listo, lo peor ¿pasó?

En este momento damos inicio a: “tambaleando por un asiento”. Este juego consiste en buscar un lugar para sentarse, al ritmo de las maniobras y las bruscas frenadas del colectivero. Uno debe encontrar ese asiento que nos ayude a realizar un viaje placentero. Tiene a su disposición los bancos que están lejos de la salida, o los que están cerca (en este la huida es más fácil). Pero, en ambos grupos, los bancos se subdividen en solitarios, o dobles.

Es imposible hablar del colectivo y pasar de largo sus más típicos personajes. A ellos los podríamos clasificar de la siguiente forma:

· El/la señor/a que quiere TU asiento: nunca te lo dicen de frente, sino que arman un teleteatro con sus dolores musculares.

· La madre con una jauría de niños: siempre rodeada de chicos que lloran, gritan y moquean. Por lo general, se le ceden dos asientos.

· El del hedor: no importa si es olor a transpiración, falta de higiene, o gas intestinal, el olor es realmente inaguantable.

· El grupito teen: hablan fuerte, se ríen de todo y de todos, y tambalean al compás del colectivo.

· El del apoyo (y no logístico): colectivo lleno es igual a alguien con un enorme cariño hacia tu… “espalda”.

· El dormido: se suele encontrar de lado de la ventana, porque la usa como apoyo. Se lo suele encontrar con la boca entreabierta y, en algunos casos, babeando.

· El que canta: siempre al compás de la música que ÉL solo escucha.

· El que te habla: aunque le demuestres antipatía.

· Los cargados: ya sea con valijas, o con libros. Su traslado desde la entrada al asiento y del asiento a la salida, es realmente molesto para todos los pasajeros.

¡La próxima es mi parada!, ¡espero que nos veamos en el siguiente viaje!